Dinosaurios
Hace un tiempo pedí a mis estudiantes que escribieran un cuento. Podía ser como quisieran, con una condición, debía terminar con la frase: "Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí" y tenía que tener sentido acabar así el cuento. La oración es en sí un cuento, el segundo cuento más corto de la literatura española, de Augusto Monterroso, famoso por sus mini relatos. Di créditos extra por colgar el cuento y leer y comentar sobre el cuento de algún compañero. También incluí mi propio cuento. Este es:
MINIMAL RATIONALITY O DEL DINOSAURIO BLANCO
Los sentimientos están ahí, y no se puede hacer nada para cambiarlos. Son o no son, pero no son racionales o dejan de serlo. Ni irracionales tampoco. A veces, hasta resultan razonables y lógicos, dadas las circunstancias, lo que algunos llamarían “comprensibles”.
Él terminaba el libro precisamente en ese momento en que ella llegaba para hablar. El libro estaba sobre la mesa, arriba del todo de una pila alta. La cubierta era roja brillante y tenía un dinosaurio pintado en líneas blancas, de aspecto infantil e inocente. El título estaba todo en mayúsculas grandes y blancas: MINIMAL RATIONALITY.
Cuando ella llegó, pidió un vaso de agua. Fue a alcanzar uno y él protestó que era el suyo (qué más daría, pensó ella). Tomó el otro vaso y bebió, sentada frente a la mesita. Y vio el libro. El título le llamó la atención, y preguntó cuál era el tema. Él le dijo que había dos sentidos en que uno podía preguntarse qué era la mínima racionalidad: uno era la racionalidad mínima que definía a los seres humanos versus los animales, pero esta no era el foco del libro; la otra, más difícil de definir acaso, era la racionalidad mínima y sus características para definir que actuamos de forma racional y no irracional. Él siguió hablando, pero para entonces ella ya había reparado en que la portada de rojo brillante tenía un dinosaurio tierno, hervívoro, vuelto de espaldas al lector, pero con la cabeza girada hacia él o ella, casi mirando contento. ¿Por qué habría un dinosaurio en la portada de un libro sobre racionalidad? Después pensó también cuán en serio se tomaba él eso de ser racional. De todas las personas con las que había tenido una relación, él precisamente parecía el más influido en sus acciones por decisiones racionales muy conscientemente pensadas y tomadas. No es que no hubiera sentimientos, hacía tiempo que la dicotomía racionalidad/ sentimientos le parecía absurda, en el sentido de que no eran cosas opuestas necesariamente o incompatibles, simplemente eran de naturaleza muy diferente. Pero con estos pensamientos, había perdido el hilo de lo que él decía, y aunque siguió escuchando, ya no entendió nada más, sólo seguía pensando en hasta qué punto una decisión, tomada racionalmente, podía alterar los sentimientos.
A veces a ella le había pasado, alguna acción, alguna frase, algo hecho a destiempo, había hecho click, le había hecho pensar detenidamente y evaluar una persona o una historia con ella de forma que todo cobraba una luz diferente. Bajo esa luz, bajo esas razones, la decisión estaba tomada, y ella se sentía libre al tomarla, más que forzada, a pesar de la necesidad y el ímpetu con que la decisión llegaba a su pensamiento. Cómoda. Hacía tiempo que no experimentaba eso. Se preguntaba si ese sería el caso de él cuando rompió con ella. Si se había sentido liberado, si había sido fácil. No parecía que fuera el caso, pero él era siempre tan racional… Por eso le gustaba. Y por eso también había diseñado un plan para volver juntos: detectaría cuáles eran los problemas, los cambiaría, y le presentaría a él las pruebas de que esas cosas que no le gustaban habían cambiado. Era infalible, tan coherente y tan lógico, tan lleno de sentido.
Sin embargo, ejecutarlo no era fácil, y se encontró a sí misma exponiendo todo de soslayo, con medias palabras, deteniéndose en meandros y yéndose por la tangente, sin enfrentar directamente el tema, preguntando por los libros que él estaba leyendo, comentando detalles inconexos que no venían al caso sobre sentimientos que tuvo antaño. Él apenas comentó nada. Casi rendida ya y confusa con su plan, le preguntó al final lo que debía haber preguntado al principio: cuál creía él que era el problema. Entonces él contestó que era sólo una sensación, un sentimiento de que no funcionaría, incluso si le gustaba la persona, incluso aunque pudiera funcionar por algún tiempo. Una intuición vaga le decía que no.
La guerra estaba perdida, y mientras ella caminaba de vuelta a casa, pensaba de nuevo en por qué había un dinosaurio en aquella portada, una criatura inocente y grande, totalmente rotunda e innegable en aquella portada. Y ese dinosaurio era como ese sentimiento que él tenía, rotundo e innegable, parado en medio de toda su racionalidad, alejándose de la escena pero dado la vuelta para mirarla a ella. Inocente, pero imborrable.
Después de la discusión, él no tenía muchas ganas de seguir leyendo, aunque le quedara solamente la última página. Así que se dijo que mañana sería otro día, y que mañana, sí, por fin, terminaría el libro y lo devolvería a la biblioteca. No era exactamente sobre el tema de su tesis, pero había sido una lectura entretenida y trataba temas vagamente relacionados con lo que él quería explicar en su tema de tesis: el desacuerdo.
Cuando se despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.


















