Una española en California

viernes, febrero 05, 2010

El retorno a la ciencia

6:30 am, debo levantarme para enseñar a las 8, teoría de la sintaxis. Me gusta llegar una hora antes, a las 7:30, para estudiar la clase que preparé la noche anterior (mínimo me acosté a la 1:00 am). Hacer fotocopias y transparencias. Sentir que no llego con prisa a la clase. Es mi primer año de MEC/Fullbright Postdoc, el siguiente será en Santa Barbara.
Enciendo mi transistor portátil que meto en el bolsillo de la bata. Lo dejo sobre el lavabo mientras me ducho. Mientras desayuno, cereales calientes (herencia de Brian, classic outmeal con pasas), escucho las noticias y comentarios en la Ser, el programa Hoy por Hoy. Me abrigo bien: guantes gruesos dobles, lo que en España llamamos la braga (especie de bufanda de fieltro/paño) para cubrir cuello y hasta la nariz -absolutamente necesario si quiero que el frío no me duela en esa protuberancia de mi cara-, gorrito de lana, botas -si hay nieve las de nieve. Encajar el iPod (regalo de Brian) y sus auriculares debajo del gorro tiene su ciencia. Con aspecto de duende de las montañas, me cargo la pesada bicicleta (¡de hierro yo creo!) por las dos plantas y media de escaleras (no hay ascensor).



Y allí voy, en mi viaje nocturno aún, de apenas 5 minutos, con escarcha o nieve en las calles y unos escasos 3 a 6 grados bajo cero registrados en el letrero luminoso de la farmacia. El frío corta, pero despeja. Y suena en mis oídos, fuerte, Coldplay.



Las canciones me las dio Neftalí, como antaño me dejara sus casettes de La flauta mágica y de Radiohead (OK Computer) para amenizarme viajes nocturnos también de vuelta de la uni de Santa Barbara a mi apartamento. Y como hace tiempo OK Computer me transportara de vuelta a aquellas noches de niebla y llovizna de puritita humedad cerca del Océano Pacífico, ahora estas notas de Coldplay me devuelven a León, a su frío matutino. A las áreas de césped del campus, a la mesa de trabajo en el pasillo. A las noches allí, pidiendo al segurata que me abriera la puerta (por el megafonillo). Bajando las escalaras para tomar el café con chocolate de una máquina siempre bendita cuando de un café de madrugada se trataba. Mi año de postdoc en León, en sus bares, conociendo sus tapas, el barrio húmedo, los suelos empedrados, los montones de los abrigos en los bares calientes. Salir de marcha y ver nevar al volver a casa, sobre su catedral más cristal que piedra. Todo, absolutamente todo, vuelve con Coldplay. Mi bicicleta roja en la noche, con su potente luz encendida por la dínamo. Mi bólido rojo de hierro más que de acero o aleación.
Me trae las clases de sintaxis, con 5 ó 3 alumnos. Los cafés a media mañana con casi todo el departamento.

Y me trae, sobre todo, las ganas de trabajar perdidas. Las noches en vela estudiando, la capacidad de sacrificio por el trabajo, que no quiero que me abandone nunca. El disfrutar de leer y aprender, el ansia por hacerlo. La curiosidad, el afilarse el pensamiento, el hilvanar ideas y lógicas. Sentir el latido de la inspiración intelectual, lógica, de la consecuencia, de la conexión, la chispa.La saeta disparada, las intensas ganas de penetrar así el mundo.

No es mi favorita, pero la letra y sobre el todo el título, pertenecen a esta entrada. Era de cajón.



Coldplay

Amor alado


Cuando era más joven, el amor era como Mercurio, con sus tobillos alados. Yo cerraba los ojos y respiraba, a veces bastaba respirar, y Mercurio me tomaba arriba arriba, y yo flotaba en el aire, sobrevolaba la ciudad. Me convertía en ser etéreo, en mera transparencia, aunque pareciera que iba viajando en el autobús, o bajándome en la parada del instituto, o caminando con mis amigas, o estudiando. Paralelamente, en el aire, yo flotaba, y no precisaba dormir o comer. A veces, incluso, me adelantaba al propio amor, hacíamos carrerillas por la acera. Yo aceleraba con pasos rítmicos, juguetones, como bailando y girando, y él me seguía, o me pasaba a veces, alternándonos en el liderazgo. Nos reíamos, nos mirábamos a los ojos por unos breves segundos. El mundo abajo transcurría.

Ahora apenas puedo seguir al amor cuando me toma de la mano. A los minutos de comenzar la carrera, me siento tan cansada que ya no puedo agarrar firmemente su mano. Sí, a veces corro, pero deslabazada, sin coordinación, tan cansada que me vuelvo torpe. Hasta que tropiezo, y me caigo, y pierdo de vista al amor. Me apabulla, me atosiga, no me espera. Corre hacia alguna extraña meta que me es ajena y desconocida, sin tenerme en cuenta.

Ha llegado un momento en que no quiero que me busque más. No quiero correr y ya no puedo volar. Pero a veces aún me busca, y a veces aún me encuentra. Y jadeando voy en pos de lo que algún día fue el amor para mí, sin que me acune en sus brazos, sin que me haga ligera. El amor dejó de ser Mercurio para hacerme su Sísifo, arrastrando su piedra hasta arriba, para después verla caer, rodándome por encima y aplastándome repetidamente. Como si la montaña se hiciera cada vez más grande, la cuesta más pronunciada, la piedra mayor, mis fuerzas más escasas, desgastada.

Gracias B, gracias P, gracias C. El amor es ahora una roca de brea, cuyo olor me da náuseas y con la que tropiezo una y otra vez. Un dejá vu pestilente.