Amor alado

Cuando era más joven, el amor era como Mercurio, con sus tobillos alados. Yo cerraba los ojos y respiraba, a veces bastaba respirar, y Mercurio me tomaba arriba arriba, y yo flotaba en el aire, sobrevolaba la ciudad. Me convertía en ser etéreo, en mera transparencia, aunque pareciera que iba viajando en el autobús, o bajándome en la parada del instituto, o caminando con mis amigas, o estudiando. Paralelamente, en el aire, yo flotaba, y no precisaba dormir o comer. A veces, incluso, me adelantaba al propio amor, hacíamos carrerillas por la acera. Yo aceleraba con pasos rítmicos, juguetones, como bailando y girando, y él me seguía, o me pasaba a veces, alternándonos en el liderazgo. Nos reíamos, nos mirábamos a los ojos por unos breves segundos. El mundo abajo transcurría.
Ahora apenas puedo seguir al amor cuando me toma de la mano. A los minutos de comenzar la carrera, me siento tan cansada que ya no puedo agarrar firmemente su mano. Sí, a veces corro, pero deslabazada, sin coordinación, tan cansada que me vuelvo torpe. Hasta que tropiezo, y me caigo, y pierdo de vista al amor. Me apabulla, me atosiga, no me espera. Corre hacia alguna extraña meta que me es ajena y desconocida, sin tenerme en cuenta.
Ha llegado un momento en que no quiero que me busque más. No quiero correr y ya no puedo volar. Pero a veces aún me busca, y a veces aún me encuentra. Y jadeando voy en pos de lo que algún día fue el amor para mí, sin que me acune en sus brazos, sin que me haga ligera. El amor dejó de ser Mercurio para hacerme su Sísifo, arrastrando su piedra hasta arriba, para después verla caer, rodándome por encima y aplastándome repetidamente. Como si la montaña se hiciera cada vez más grande, la cuesta más pronunciada, la piedra mayor, mis fuerzas más escasas, desgastada.
Gracias B, gracias P, gracias C. El amor es ahora una roca de brea, cuyo olor me da náuseas y con la que tropiezo una y otra vez. Un dejá vu pestilente.


0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home