No-Dante (Español)

Dante ha muerto. Mi pequeña murió. Ocurrió este fin de semana, aunque el infarto cerebral le sucedió una semana antes. Una semana en que no podía moverse, ni controlar la salida de orines o heces. Mi pequeña Dante, que ya era una abuelita. 
En general, no parece del todo real, es cuando leo la palabra, cuando la veo escrita, ahí plantada, en el papel, en el ordenador. Entonces es innegable. Entonces alguien abre una puerta y veo que detrás está todo vacío, abismal. Es el hueco de Dante, esas coordinadas en el mundo que ya no existen. Y entonces veo que es irreversible, más irreversible y rotundo que cualquier otra cosa en el mundo. 

No sé cuántos recuerdos diferentes me vinieron hasta ahora de mi pequeña. La mayoría bonitos. También me han venido impulsos: de decirle cosas bonitas, de abrazarla, de sentir la emoción de entrar a casa y verla, anticipando su reacción. Era mi niña.
Y todo eso ya, de un plumazo, se borró, quedó clasificando en el archivo de imposibilidades, cerrado a cal y canto. 
Cuando mi madre comenzó a hablarme de Dante, pensé que estaba asustada por algo, que por eso me llamaba, para que la tranquilizara, y que sería algo que la prepararía para cuando el fatídico momento llegara. Para lo peor, un día. Pero lo peor ya había llegado y era yo la no preparada. Mi pequeña Dante. Conforme oía detalles, las salidas conducían a lo mismo: a lo peor. Y lo peor llegó: “y ayer tuvimos que sacrificarla, no había otra opción”. Así que Dante ya no estaba, así que en tres semanas, cuando llegue a casa, ella no estará. Dante no existe. 
Durante una semana, mi preocupada madre me ocultó los hechos, porque yo estaba tan lejos... tan lejos de mi pequeña Dante...
Y yo quería estar con ella. Querría haberla cuidado. Haberla acariciado, haber dormido junto a ella, haberla besado, haber tocado sus orejitas de terciopelo, haberle limpiado su pipí y su caca (siempre fue muy cuidadosa con eso y hasta el último momento lloraba cuando esos “accidentes” le ocurrían), haberle dado agua con la jeringuilla y limpiado la saliva alrededor, y haberle susurrado que estaba allí, que no me iba a mover de su lado. Con ella hasta el final, eso es lo que me hubiera gustado. Dándole besos pequeños en el hocico. 
Pero ahora la palabra está escrita, y es casi imposible negar el vacío, la inexistencia, la no-Dante que es ahora el mundo, que será por siempre jamás el mundo, definido por una falta; como una foto con una figura recortada de ella, y este pequeño escrito es como la silueta que el recorte dejó: hace imposible negar la ausencia y, al mismo tiempo, es el testigo de la previa existencia, dibujando los límites del vacío, trazando los límites de mi pequeña. 


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